El Caminante Solitario nunca cambiaba de ropa. Tampoco, si llovía, abría su paraguas. Solamente lo usaba de bastón. Nunca llevaba una bolsa del supermercado, un libro o cualquier otro objeto circunstancial en sus manos. Don Ramón no podía dejar de pensar en el Caminante Solitario. ¿Quién era? ¿De donde venía? ¿A dónde iba? ¿No tenía trabajo? ¿O volvía precisamente de su trabajo? ¿Tenía una madre, o una esposa e hijos que le esperasen en casa? ¿A qué se dedicaba? ¿Por qué nunca cambiaba de ruta? Por eso, aquel día, don Ramón estaba nervioso. Tenía un plan. El plan se le había ocurrido el día anterior, cuando volvía a casa pensando en el Caminante Solitario. Había decidido seguirlo. ¡Sí, seguirlo! Quería saber a dónde se dirigía cada día. Descubrir el resto de su ruta a través de la ciudad. También le gustaría saber de dónde venía, pero eso no era posible. Se conformaría con saber a dónde iba. Don Ramón abrió el periódico y se sentó a leerlo en un banco del parque. O mejor...